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Porquería

un blog de Guillermo Fadanelli

UNA SOCIEDAD DEPRIMIDA

sábado, marzo 24, 2007
Hace varios años me invitaron a un programa de televisión para charlar acerca de una novela que recién había publicado. La conductora no sabía nada acerca de la novela ni estaba interesada en esa clase de obras. Su especialidad eran los libros de motivación personal o como se les denomina en estos tiempos de comicidad involuntaria: libros de autoayuda. El programa fue hasta cierto punto un desastre porque mi persona tenía poco en común con sus invitados pasados. Sin embargo, como afirmé entonces durante la transmisión, continúo pensando que formamos parte de una sociedad deprimida que requiere de alicientes para seguir viviendo. Los deprimidos necesitan libros donde se les indique cómo vestirse mejor o cómo hacer un buen papel en la cama. Después de entregarse a comidas indigestas tres veces al día necesitan un libro que les ofrezca consejos para bajar de peso. Después de ver televisión cinco o seis horas diarias tienen urgencia de un libro donde se les aconseje sobre cómo construir una familia sólida. En vista de que carece de imaginación el deprimido requiere que sean otros los que resuelvan sus propios problemas. De allí esa pavorosa proliferación de personas que se llaman a sí mismas expertos y que atienden a los enfermos de la sociedad deprimida. Ahora bien, estos expertos son a su vez enfermos en cuanto existen no por vocación sino para satisfacer una demanda del mercado: son una especie de medicina simbólica que crea adicciones todavía más profundas. Además de reconocer su impostura sabemos que el experto es un ignorante en los campos de conocimiento restantes: no es un investigador o un científico ni mucho menos un filósofo.

Debido a que solemos hacer cualquier cosa para evitar pensar es necesario tener a la mano un mecanismo que realice las funciones del pensamiento. Este mecanismo no es otra cosa que un mercado seductor que nos propone saberlo todo sin saber nada a fondo (internet, periódicos, revistas, medios electrónicos). Se dice hasta por los codos que la información es poder, pero no se dice que de nada sirve esta información si no puede ser ordenada, comprendida o asimilada en función de valores o estructuras más sólidas. Cuando le preguntas a una persona por qué razón no lee, te dice que no tiene tiempo. No tiene tiempo porque está ocupada en hacer todas las cosas a medias, en vivir sin calidad. El mundo va demasiado aprisa como para detenerse en la lectura, pero es precisamente este detenerse a pensar lo que hace diferentes entre sí a los hombres. Los libros piden lectores, como escribió Michel Houllebecq, pero estos lectores no deben ser sólo consumidores, sino sujetos con vida propia dispuestos a esforzarse por comprender. Esta carencia de lectores o de ciudadanos capaces de pensar por sí mismos nos lleva a una sociedad deprimida y fundamentalista donde tanto los gobernantes como los medios de comunicación electrónica tienen la posibilidad de engañar con suma facilidad a los ciudadanos: el caso de Bush es más que elocuente. Qué sentido tienen las democracias actuales si están formadas por hombres menospreciados, deprimidos, incapaces de establecer diferencias entre las toneladas de información que los medios de comunicación lanzan a sus rostros. Casi nadie lee a Steiner, Trías, Gadamer, Feyerabend, Morin, Sloterdijk, Racionero, Kertész, Juliana González, ni tampoco a novelistas cuyas obras poseen un enorme valor humano.

No es extraño que esta sociedad deprimida dedique su tiempo a los videos donde aparecen políticos recibiendo dinero o frente a una televisión que con pocas excepciones es lastimosa: no es de extrañar tampoco que consuman –no lean– libros que aun cuando se vendan como aspirinas para la depresión son sin duda una de sus principales causas.
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