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Porquería

un blog de Guillermo Fadanelli

viernes, diciembre 05, 2003
De entre los pocos principios que aún guardo en el bolsillo, hay uno que parece incomodarle a la mayoría de mis conocidos y para cuya elaboración no se requiere gran pericia ni mayor sensibilidad. Es un principio de supervivencia tan sencillo que parece un refrán popular: jamás hay que respetar al público, sea cual sea su índole; y aunque la segunda parte del enunciado parece radical y extravagante no encuentro suficientes razones para no tomarla en consideración. El público es lo último en quien se debe pensar, que se vaya a chingar a su madre. Naturalmente, como todo refrán, no es fácil de justificar; aunque según yo su sabiduría se ve a leguas. El que respeta al público tiene algo de esclavo, o de abonero, o de indigno, y nada ni nadie se lo va a quitar por muy famoso, o reconocido, o millonario que sea. Quiero decir que sentir respeto por la opinión o gusto del público los coloca muy por debajo del arte. Tomando un ejemplo del medio que concierne a la edición de revistas y que me concierne también puesto que junto con otros desdichados edito una revista, me pregunto: ¿Por qué razón tendría que esforzarme para publicar periódicamente? La escribimos, diseñamos y publicamos cuando se nos da la gana, y si no es muy leída no tiene absolutamente importancia, y si no es comprada tampoco y si el público se aparta porque está acostumbrado a que lo complazcan como a un eunuco glotón tampoco tiene la mayor relevancia.

Baudelaire se dirigió a sus lectores llamándolos hipócritas pues suponía que sus poemas eran leídos. Y esa vanidad tan normal en un escritor maldito es una enfermedad mortal, es el virus que le hace tan vulnerable como a cualquier panadero. Es mejor pensar que nadie te lee, o mejor aún, pensar que sólo te leen los imbéciles. Al público se le ignora no se le llama hipócrita, al público no se le respeta porque de lo contrario uno lo pierde todo. Tan simple como eso. No se trata de una teoría sino de un modesto principio para vivir tranquilo.

Me sucede que cuando un lector me conoce personalmente tiendo siempre a decepcionarlo. Los más ingenuos incluso, con esa sinceridad tan propia del pueblo, tienen la osadía de decírmelo. En el fondo piensan que soy un bufón y que debo representar una farsa. Se quedan allí parados, mirándome, esperando que diga algo a la altura de sus expectativas. "Pero si soy un pobre diablo igual que tú", me gustaría decirles pero prefiero quedarme callado, lejano, esperando que pase la tormenta y pueda yo continuar mi camino.
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