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Porquería

un blog de Guillermo Fadanelli

Sangre

sábado, enero 15, 2005
Vivo con una mujer que ve rojo donde yo sólo veo negro. No estoy seguro si se trata de una cuestión óptica o anímica, pero quiero pensar que es tan sólo de una cuestión de humor. Recuerdo que una tarde de hace quince años, en Nápoles, dos amigos y yo nos detuvimos al pie de una colina para observar el horizonte. Grazia miraba el volcán que se alzaba en lontananza, Duarte estaba concentrado en las labores industriales del puerto mientras que yo contemplaba las gaviotas que se zambullían en el agua para atrapar su comida. Sin embargo, los tres creíamos que mirábamos la misma cosa. Duarte, obsesionado por los negocios, Grazia que era una italiana fogosa y yo que siempre tenía hambre contemplábamos en el horizonte nuestras propias obsesiones. Si para una persona el glauco es un verde que tiende hacia el gris, para otra la palabra glauco tiene que ver con las aguas del Mar Negro que en esencia no son verdes ni negras, sino un recuerdo que evoca, además, ciertos aromas marítimos. Hace unos días cuando desempolvé las imágenes que guardo de aquella mi primera visita al Bósforo descubrí que el color impreso de esas aguas no corresponde de ninguna manera con las impresiones cromáticas que almaceno en mi memoria. Así, aunque en mi caso renunciara a definir el rojo, no dudaría en sostener que el color de mi propia sangre manando un día de mi adolescencia a las doce del día es una de las impresiones que conservo de manera más nítida en la memoria. Ni siquiera descubrir la mancha de menstruación en los pantalones de mi hermana me impresionó tanto como mi propia sangre saliendo a borbotones de mi antebrazo. No es diferente cuando la piel cadavérica de una mujer joven hace que mi día se vuelva más amable (ni modo, me gustan las pálidas); ni tampoco cuando el recuerdo de ese cielo triste que siguió mis pasos hace más de una década en la antigua Capadocia me provoca una especie de abatimiento melancólico. Es así, sumando todas estas impresiones como yo formaría mi propia barra de colores: a fin de cuentas, no estoy exagerando si afirmo que no conozco el azul ni puedo imaginarme que el granate sea capaz de existir sin unos labios femeninos que lo vuelvan parte de la vida. Durante muchos años vestí de negro. Acababa de cumplir veinte años cuando paseando en Las Pulgas me encontré con una gabardina que compré por unos cuantos francos. Fue un verdadero lujo para el viajero miserable que era yo entonces. Cuando mis padres, exasperados, hartos de mis desplantes, cuestionaron mi obsesión por la oscura vestimenta, respondí con cierta arrogancia que me encontraba de luto por la humanidad. Creía firmemente que la humanidad se había suicidado en su absurda carrera por hacerse cada vez más poderosa: sin duda era yo un joven romántico, aun cuando no me hallaba tan lejos de la verdad. En ese entonces vestía de luto por la humanidad, ahora que soy un hombre mayor prefiero orinarme sobre su tumba. Vestirme con otros colores habría sido impertinente, pues el luto es la más refinada cortesía que tienen los vivos para quienes acaban de morir: vestir de negro es negar, aun de manera simbólica, los colores intensos que representan la vida. Durante casi una década fui un joven vestido de negro, sin embargo el cinismo, el odio, me convirtieron en un hombre afecto a vestirme con ridículas camisas de colores. Nada mejor que afrontar los funerales con una estridente camisa hawaiana. Varios siglos han pasado desde que en terrenos de la alquimia medieval los cuatro humores esenciales (sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra) se hallaban estrechamente ligados a una cualidad de la materia que, a su vez, podía ser representada por un color. No obstante que hoy la alquimia sería considerada una actividad de locos, continuamos llamando flemático a un hombre que cultiva la calma o la excesiva tranquilidad: un tipo que en esencia es blanco cuando en ciertos momentos debería transformarse en rojo (sanguíneo, caliente). Los colores van siempre de la mano con los humores: así, sabemos que un hombre aficionado al humor negro es dueño, por extensión, de un carácter sombrío: uno que gusta reirse en compañía de la muerte. La siguiente frase de Jonathan Swift ilustra por demás este humor: ?Pregunté a un hombre pobre cómo vivía; respondió: como un jabón, disminuyendo siempre.?
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