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Porquería

un blog de Guillermo Fadanelli

De los santos bebedores

viernes, agosto 26, 2005
"Dejar de fumar es muy fácil: yo lo he hecho centenares de veces", escribió Mark Twain con respecto al cigarro. Lo mismo pienso en cuanto al vino: abandonar la bebida es un asunto en realidad sencillo. Yo he dejado el alcohol cientos de veces, la última ocasión hace apenas dos semanas. Un boxeador mexicano, el púas Olivares, sostenía que a pesar de haber bebido alcohol durante sus últimos 20 años no había adquirido el vicio. En cambio, los escritores no pueden dejar la escritura. Ni en broma pueden sacudirse ese anacrónico vicio que continúan explotando aún en una época que les perdió el respeto. Un ejemplo es suficiente: atado al camastro de un hospital para indigentes, Joseph Roth, el santo bebedor de coñac, autor de obras memorables, alcohólico empedernido, seguía pensando en escribir. Y es que los escritores no son ascetas, no hacen caso a sus rodillas, como los futbolistas. Estos últimos saben retirarse apenas comienzan a crujir sus articulaciones.

Por el contrario, los escritores, creadores de signos imprudentes, no pueden detenerse porque en esencia son almas llenas de fisuras: son heterodoxos, promiscuos, curiosos.

Si pudieran controlar sus impulsos serían unos santos.

Los bebedores extremos ?escriban o no? pueden llegar a ser santos porque en su alucinación alcohólica traspasan puertas, vislumbran otras realidades o, al menos, salen de sus cuartos a mirar la muerte. Esto me incumbe porque el vicio literario jamás me ha hecho atravesar una puerta: no he sido empujado hacia una salida o entrada inesperada, ni tampoco me he enfrentado a una realidad que me obligue a guardar silencio: hasta ahora continúo encerrado en las palabras. El sólo imaginarme que detrás de cierto umbral me aguarda un mundo desconocido me asusta.

Una noche bebiendo ron puede tener como desastrosas consecuencias que olvide durante muchas horas cientos de nombres que son parte de mi cultura: ¿a cuántos escritores rusos olvido después de unos cuantos tragos?



En contraparte, el borracho sin prejuicios, en sus momentos de mayor decadencia, comienza a sumirse en una suerte de placentero olvido memorable. Se libera de las cadenas porque las palabras a su vez pierden cuerpo y abandonan su sitio en la cartografía de los significados comunes: entonces pierde también el miedo. No sé hasta qué punto tiene consecuencias para la literatura el que casi todos los escritores sean borrachos. Los laberintos sicológicos en muchos casos no se ven ni estimulados ni reducidos a causa del vino: se recorren con abulia o desesperación, pero siguen siendo los mismos. Mientras beben, los escritores no deberían ni escribir ni hacer promesas. De ambas cosas seguramente se arrepentirán.

El impulso de escribir, de construir sentido, de enviar mensajes que deban ser interpretados: nada de esto tiene que ver con el vino. De todas maneras el escritor no puede anular ese impulso insano de crear signos, de comunicarse, de enredarse en la escritura.

Mientras el alcohol no se proponga como un salvoconducto para otra vida, entonces el impulso de escribir permanecerá intacto: cuando un bebedor extremo es capaz de aniquilar ese impulso se ha convertido en un santo y ya no necesita de la literatura. Quizás esa cursilería de autonombrarse amante de las letras no sea más que una coartada de los simplones. Como si en verdad pudieran ser sujetos de amor en una relación que ellos no crearon. A mí me intrigan más los escritores que no pueden desembarazarse de escribir libros. Si un escritor abomina de la literatura entonces refugiarse en el vino o en los placeres más mundanos tiene sentido: es una manera de olvidarse de su enfermedad. En cambio, reunir las letras con el vino en una convivencia amorosa me parece un desplante ingenuo: un matrimonio. Si el origen de cualquier literatura respetable es el titubeo del ser (?Producimos signos porque algo exige ser dicho?, Eco), entonces es un contrasentido beber vino pensando que este acto estimulará la escritura. La angustia como causa primera de ese deseo de construir signi. cado, de comunicarse, se mantiene intacta aun bebiéndonos una botella todos los días. Mientras el escritor alcohólico pueda escribir una línea continuará siendo escritor. En el momento en que no pueda hacerlo porque con el vino ha vislumbrado mundos más generosos o menos vulgares que los literarios entonces será un loco o un santo.

Recuerdo que en la única novela formal que escribió Hunter S. Thompson, los personajes eran todos periodistas borrachos. Harto de estos especímenes el director del periódico decide incluir en el mismo diario un anuncio solicitando nuevos periodistas. El único requisito para ocupar el puesto era no ser ni trotamundos ni borracho. No recuerdo si se presentó alguno, pero si lo hizo seguramente mentía.
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