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Porquería

un blog de Guillermo Fadanelli

Testimonio

Hace casi diez años conocí en Buenos Aires a un hombre singular. Durante las tardes nos reuníamos en una taberna del barrio norte para conversar acerca de temas nada importantes. Este hombre entrado en canas aseguraba que Ernesto Sabato le había robado una novela que después el escritor argentino bautizaría con un nombre ahora de sobra conocido: El túnel. A pesar de que la historia no se sostenía en pie, poseía cierta gracia debido a la extravagante imaginación de nuestro amigo: cada tarde después de un jarrón de vino inventaba una historia distinta para impresionar a quienes sentados a su mesa estuvieran dispuestos a escucharlo. Cuando intrigada por su eterna vagancia vespertina una persona se atrevía a cuestionarlo sobre el estado de su economía, Jorge Cánaves se apresuraba a responderle que tenía invertido absolutamente todo su dinero en la destrucción de su cuerpo. Refractario a la acumulación o a las preocupaciones que despierta un futuro inminente había decidido derrochar cuanta moneda cayera en sus manos: "El estado de mi cuerpo representa -afirmaba, cínico- mi particular estado bancario. Conforme el tiempo avanza la inversión aumenta pues los intereses no sólo son altísimos sino que además aumentan en proporción geométrica. No se me escapa que la muerte será la coronación de mis negocios y que una vez muerto careceré de herederos. Cuánto alivio representa saber que ningún parásito heredará mi riqueza ya que ésta descansará conmigo en la oscuridad de un sarcófago". Sus palabras expresadas, no sin cierta imponente arrogancia, causaban admiración entre su pequeño auditorio. Esas tardes en la taberna del barrio norte se prolongaban hasta la madrugada cuando ya visiblemente ebrios nos retirábamos a dormir. Quién me diría entonces que, como Jorge Cánaves, también yo despreciaría mi futuro invirtiendo mi dinero en la destrucción de mi cuerpo: nada que no se encuentre relacionado con mi estricto presente parece interesarme. A menudo me pregunto cómo es que ese romántico espíritu suicida continúa seduciendo a tantos hombres. Lejos de consumirse en un momento histórico determinado, el romanticismo acompaña el temperamento humano pese a que en tantos casos se rehúse a germinar. Esa contemplación narcisista de nuestra propia desgracia puede provocar arrebatos místicos que harían sonrojar incluso a un pesimista. Colmado de una angustia que se remonta al principio de los tiempos el romántico desea contemplar a la muerte en su propio terreno. Vive entonces como artista porque, como escribía Federico Schlegel, ser artista significa consagrarse a las deidades subterráneas: convertirse en vestal dispuesto a sacrificarse a un dios que sin más rodeos es uno mismo. Así la noche se convierte en territorio propio para las correrías románticas: la oscuridad nos permite el infame sacrificio. Mi amigo Jorge Cánaves no se engañaba en cuanto a la verdad de sus instintos: no tendría ningún sentido reconvenirlo acerca de su anacrónica vocación, pues los románticos han habitado cómodamente todos los siglos de la historia: "Cuando el presente se confunde con la eternidad el hombre se convierte en Dios", escribió ese joven suicida que respondió al nombre de Otto Weininger. No sé si Jorge Cánaves ha muerto, si continúa habitando la noche como un artista del siglo diecinueve o si se ha arrepentido de haber dilapidado su vida componiendo himnos nocturnos. Yo, sin embargo, continúo escuchando su voz grave y sentenciosa: "Una vez que comienzo a beber no me detengo hasta quedar tirado en el piso. En cuanto me levanto tengo la certeza de que toda mi vida ha sido una suma de errores. Nunca como entonces estoy tan cerca de la santidad".
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