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Porquería

un blog de Guillermo Fadanelli

Como veo las cosas casi todos los seres humanos desean ser premiados al menos una vez en su vida. Ya sea por medio de un modesto diploma escolar o de un aparatoso homenaje a su carrera, los premiados experimentan siempre una íntima satisfacción, incluso cuando rehusen aceptar elogios o declaren no poseer méritos suficientes. A ver quién les cree.

Cuando era un niño yo también recibí varios premios: el más oprobioso fue sin duda el campeonato de oratoria de mi escuela primaria. Recuerdo que ante el asombro de mis maestros solté la lengua durante más de una hora para hablar de los niños héroes. No sabía entonces que la oratoria terminaba enredándote en la palabrería más infame. Tampoco me imaginaba que aquellos viejos concursos de oratoria te preparaban para hacerte un rufián mentiroso. Yo sólo hablaba sin parar como si estuviera conectado a una rústica memoria sin fin. Cuando estuve en la universidad obtuve un premio de poesía, hecho que me valió el respeto de varios jóvenes atarantados. Con el dinero del premio cubrí el primer número de una revista que aún llevo sobre mis hombros. Ya desde entonces me ruborizaban las alabanzas, pues era consciente de que detrás de un elogio llegaba siempre una bofetada. Todos aquellos que alguna vez nos elogiaron volverán para cobrarnos los halagos: sólo debemos esperar. Después obtuve un par de premios por mis novelas. Con el dinero que me entregaron las bondadosas instituciones llegué a pagar un año de renta por adelantado. De esa manera podía tirarme a la cama para haraganear todo el día, inactividad más que recomendable para alguien que aspira a ser un hombre mediocre. Hoy mismo lo único que me interesa de los premios es, por supuesto, el dinero. Pueden ahorrase las entrevistas para periódicos y también las cenas con otros escritores que te abrazan cuando en realidad desearían clavarte un cuchillo. Sólo exijo que los cheques tengan fondos porque es penoso pararse frente a una cajera de banco con un papel inválido. Mis humillaciones más escandalosas han provenido siempre de esos seres demacrados que cuentan dinero ajeno: nada los hace más felices que rechazarte un cheque.

Dado que en general los premios son una suma de mal entendidos me apenaría mucho confesar que alguna vez en mi vida obtuve reconocimientos. También, si fuera el caso, me daría pena ser el empleado del mes. Me avergonzaría llegar a mi casa con un diploma en las manos para mostrárselo a mi mujer. ¿Qué le diría entonces? “Mujer, mi esfuerzo no ha sido en vano, la compañía me ha reconocido 20 años de servicio honesto.” Estoy seguro de que mi mujer lloraría sin parar hasta el amanecer. En mi caso, preferiría que la sociedad me olvidara en vez de recordarme. Es un alivio que sociedades timoratas como la nuestra nos olviden para siempre. Los premios actúan justo en sentido contrario: te ponen en el centro de la pista. En cierto modo uno se vuelve un adefesio de circo: todos quieren asomarse a la jaula para ver cuántos ojos tiene el premiado. Ofrecer reconocimientos es también una manera de fabricar héroes para el consumo cotidiano. No tiene importancia si se es ungido héroe por el número de goles anotados en un campeonato o por escribir una novela que “desentraña los aspectos más oscuros de la condición humana”. De todas maneras el público obtiene un héroe para vitorearlo en el centro de la plaza. Ya después se darán tiempo para desollarlo o disfrutar su caída.

La gente cuelga sus diplomas en las paredes de su casa con tanto cinismo como conserva sus trofeos en vitrinas que están a la vista de todos. Tienen todo el derecho de hacerlo, de la misma manera que también tienen derecho a almacenar fotografías o a guardar los zapatos viejos dentro de una caja: no hacen más que escribir su propia historia, aun cuando ésta se trate de una historia común. En lo que a mí respecta obsequié todos los diplomas a mis padres y me guardé el dinero. De esa manera me libraba de papeles inútiles y mis padres pensaban que su hijo era una persona de cierto valor. Cuando muera mi madre –mi padre lo ha hecho ya– esos papeles perderán sentido y yo descansaré en paz.
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