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Porquería

un blog de Guillermo Fadanelli

En ciertos medios ha sorprendido la renuncia del presidente Fox. A mí me pareció una renuncia anunciada, después de su discurso en enero pasado, cuando amenazó con tomar medidas drásticas si las Cámaras continuaban poniendo obstáculos a sus reformas. No deseaba pasar a la historia como un presidente que no cumplió sus promesas. Lo que me parece más sorprendente es que, con excepción de los políticos y los medios de comunicación —sus eternos cómplices —, la sociedad tomó esta renuncia con un sabio aburrimiento. Estamos tan hartos de los políticos que en cuanto alguno desaparece experimentamos un alivio verdaderamente balsámico. Durante la década más reciente, los vimos aparecer en los medios con una frecuencia obscena. Diputados o funcionarios que buscaban notoriedad a través de discursos beatíficos: todos haciendo carrera para engordar sus cuentas de banco o mirarse en el espejo como próceres o salvadores. Las más recientes votaciones se empobrecieron notablemente en vista de que casi nadie confía ya en los políticos. Sus estadísticas ambiguas o los diagnósticos de sus expertos carecen de verosimilitud. Si la economía es —como pensaba Marshall— el estudio de la humanidad en la conducta de la vida cotidiana, ¿por qué entonces los ciudadanos se sienten tan ajenos a los discursos de orden económico que escuchan diariamente en los medios? Otro economista famoso —John Kenneth Galbraith— escribió: “En mis escritos sobre economía me ha ayudado mucho la convicción de que no existe en este dominio ninguna idea que no pueda ser expresada en lenguaje común y corriente”.

Hace unos años nadie se hubiera imaginado que este desgano popular tomara magnitudes tan escandalosas. Cuando los panistas tomaron la Presidencia se pensaba que habría un cambio esencial en la administración pública. Este cambio impulsaría un equilibrio más justo en la distribución de la riqueza. Se esperaba el advenimiento de un político que hiciera nacer esperanzas en un país corrompido en sus estructuras más sencillas. Sin embargo, consecuencia de una sociedad cansada de las constantes atrocidades ejercidas por el partido hegemónico (PRI), se eligió como presidente a un hombre honrado, pero con una limitada visión de su propio país. Este hombre honrado se rodeó de expertos, empresarios y tecnócratas que, dueños de un visión aún más precaria, impidieron una relación positiva con su comunidad. Todos ellos miraban la realidad desde las ventanas de sus lujosos automóviles. A un estado de cosas semejante se sumaron los cientos de políticos opositores que encontraron en esta suerte de gobierno a la deriva una magnífica oportunidad para satisfacer sus propios intereses. Así las cosas, no me parece extravagante la dramática renuncia del presidente ni tampoco el descrédito de los políticos. Tampoco me parecen extrañas esas cada vez más numerosas comunidades apolíticas que buscan mejorar su sociedad sin el concurso de los partidos. Giambattista Vico, quien de política entendió las cosas esenciales, pensaba que en el origen las familias habían sido un primero y pequeño esbozo de los gobiernos civiles. En el prudente comportamiento de los propios individuos o comunidades pequeñas, podría construirse quizá una nueva ética de las relaciones civiles. De los políticos, lenguaraces profesionales, estamos más que cansados. ¿Cómo puede uno confiar en extraños que dicen representarnos ante las cámaras mientras acumulan riquezas o privilegios que ninguno de nosotros conoce? ¿No tendrían que llevar a cabo sus funciones cobrando apenas lo necesario para vivir? Quizá después de los primeros cinco años de un nuevo milenio, tenga lugar una nueva manera de imaginarnos las relaciones civiles, sin intermediarios ni parásitos. Mientras tanto, quienes irán a las urnas para votar por un nuevo mesías son cada vez más escasos. Sucederá más o menos lo mismo que con el presidente que acaba de renunciar: no sobrevivirá en el cada vez más pantanoso estanque de tiburones.
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