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Porquería

un blog de Guillermo Fadanelli

Tarde o temprano uno se arrepiente de las decisiones que se toman a los 20 años. Tiempo, décadas más tarde nos encontramos prisioneros de decisiones tomadas por un jovencito que si bien respondía a nuestro propio nombre apenas si podemos reconocer en la distancia. Todos los disparates posibles se practican a edad temprana. Yo deseaba estudiar filosofía porque desde joven tenía el presentimiento de que allí encontraría respuestas a preguntas que me intrigaban casi desde la cuna. Y si en lugar de filosofía cursé estudios de ingeniería civil fue porque jamás he sido un hombre de firmes convicciones, mucho menos en ese entonces, que me hallaba sometido a los designios de un padre autoritario. Siempre ha sido así: mis principios se tambalean apenas alguien los cuestiona. Como Groucho Marx puedo decir: éstos son mis principios, ¿le disgustan? No se preocupe: tengo otros.

Uno se pasa la vida pensando en el futuro sin ser cabalmente consciente de que el futuro llegó hace unas semanas sin anunciarse ni pedir permiso. Todavía me sorprende que pueda yo hablar de mi pasado con tanta tranquilidad si apenas unos años atrás era yo mismo ese pasado. A los 18 tuve una novia a la que amaba como sólo puede hacerlo un estúpido. Si ella me hubiera sugerido matar, lo habría hecho sin preguntar razones. Desde entonces mantengo una seria, constante desconfianza frente al amor. Fue en compañía de esta primera novia que comencé a comprar libros. Tomados de la mano recorríamos las librerías en busca de títulos sugestivos o de autores que nuestra desabrida cultura fuera capaz de reconocer. Así nos hicimos de una pequeña biblioteca de 500 volúmenes donde sobresalían Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Jorge Ibargüengoitia, Milan Kundera y Czeslaw Milosz. Cuando después de pocos años sobrevino la época del desamor, de los arrepentimientos, del cansancio, nos vimos empujados a tomar decisiones con respecto a nuestro patrimonio. Lo más noble que puede hacer un hombre inteligente es renunciar a todo lo que tiene. Nada te hace más ordinario que reclamar en voz alta un pedazo de tierra, una propiedad. Sin embargo, como dije anXXtes, yo era un estúpido y una tarde, que hoy recuerdo apenas en sus detalles, nos reunimos la novia y yo para discutir el futuro de nuestros bienes. ¿Cómo pueden ser las mujeres tan sensatas cuando ni siquiera han cumplido 20 años? Esta jovencita, mi desgraciado primer amor, me comunicó aquella tarde con un aplomo insólito que podía quedarme con los libros porque después de todo yo iba a ser escritor. Me dijo que aunque ella amaba también los libros podría vivir sin ellos. Yo, en cambio, como una rata codiciosa, guardé silencio, acepté su renuncia sin concederle nada. Con una intuición primitiva de tan perfecta, mi novia anticipó que el joven largirucho sería escritor y necesitaría los libros, pues en su casa no había más que enciclopedias compradas en abonos, libros de Luis Spota y noveletas Estefanía que el padre compraba religiosamente cada semana. No sé si ella está arrepentida de su lejana renuncia, pero yo guardo infelices remordimientos por haber aceptado los libros con tanto cinismo, con una actitud tan canalla, digamos tan eficiente: ¿un futuro escritor? Más bien un jodido cuentachiles sin ningún asomo de clase. Y, sin embargo, tarde o temprano se aprenden algunas cosas: ahora vivo en compañía de una mujer con quien jamás me casaré (no cometeremos el error de invitar un abogado a casa). Tenemos un auto, dos computadoras, decenas de cuadros y dibujos obsequio de nuestros amigos artistas, cerca de 5 mil libros y cientos de fotografías donde estoy borracho sonriendo frente a la cámara como un psicópata. No es mucho, pero cuando nuestra relación termine ella se quedará con todo. No volveré a pelear lo que sólo me pertenece a medias. Si se tuviera que escribir una historia universal de la infamia, menos sofisticada pero más real que la escrita por Jorge Luis Borges, tendría que incluirse en ella a una porción considerable de los juicios legales que las parejas de antiguos enamorados llevan a cabo en los juzgados de todas las ciudades del mundo: una prueba no sólo de la relatividad del amor, sino de nuestra considerable vileza.
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